Anagaviera en ocasiones escribe

martes, 27 de septiembre de 2011

2005: Laia y el dolor verde


Ilustración Laia Arqueros


 Yo el sacerdote, yo el señor de los encantamientos, busco el dolor verde, el dolor leonado.
soua, 227


Sin posibilidad de corregir su trayectoria, la tristeza es un gesto que se desliza por el cuerpo como la aguada de tus acuarelas por el papel Arches de 300 gramos.

Has comprobado que el color de la desesperanza no tiene porcentajes exactos en el pantone de la memoria y por esa razón los pinceles han trazado con suavidad esta herida irreversible.

Como un chamán, el artista, busca el dolor verde, el presentimiento de ausencia que atraviesa los pliegues y espirales del tiempo.

Como una divinidad caída, el artista, sólo encuentra la fragilidad del amor, del miedo y del silencio, sin posibilidad alguna de corregir su trayectoria.


Fuente: Luke, 68, 2005

jueves, 22 de septiembre de 2011

2004: Futuro incierto permanente


EL FUTURO INCIERTO

Y detrás de los mitos y las máscaras,
el alma, que está sola.
Jorge Luis  Borges
Roberto González Fernández. Serie AT.



Detrás de mitos y de máscaras,
de las cámaras fotográficas,
de las manos,
de las sombras inquietas que dibujan las llamas, 
de los hombres y mujeres que subieron estos peldaños,
de los símbolos que me interrogan.

Detrás de las pinturas, las esculturas y las columnas que me sustentan.

Detrás de cada una de las secuencias con las que inútilmente intenté retener el tiempo intangible de la memoria.

Detrás de esta ciudad arrasada que no volveremos a habitar.

                                                                                    Sólo el futuro incierto, queda.

Roberto González Fernández. Serie AT.

Fuente: Catálogo para la exposición Espacios y tiempos de RGF en 2004. Serie AT.


viernes, 9 de septiembre de 2011

2004: los ojos de los romanos


SUSURROS

Escultura: Javier Huecas

A veces entre las nubes negras, y los aludes de polvo, veo los ojos de los romanos. ¿Seré yo un romano?
J. E. Cirlot

Salgo a pasear por este cuaderno herido y mi único deseo es desparecer detrás de las palabras. La comprensión del mundo es imposible, escribirlo un hecho traumático. Invoco las ruinas de antiguas esperanzas y descubro la verdadera dimensión del futuro maltrecho que nos espera. El olvido nos ha embriagado. ¿Cuánto más hemos de humillarnos para sentir que estamos vivos? La inspiración ha sido abatida por la agónica torpeza de los gobernantes. Crece en mí el palimsesto. Un mundo nuevo no llegará porque la injusticia y la barbarie se han instalado plácidamente en la normalidad. La vida, ¿qué sentido tiene?  Conozco a un artista consumido por el horror de este tiempo de susurros. Se llama Javier Huecas y me ha contado que hay niños abandonados frente a las pantallas de televisión, niños que esperan ansiosos la próxima guerra para poder llorar la ausencia de caricias. Él los ha modelado en arcilla, atados a sus sofás de barro, hundidos en el lodo primigenio. Su tristeza creadora le consume. Su tristeza, como la de Cirlot, se parece a Cartago. Gemidos, sollozos, lamentos: el caos se apodera definitivamente de este cuaderno. Los trazos de mi escritura cambian a diario. No estoy centrada. Un buen psicólogo enseguida descubriría el desequilibrio que muestran estas letras deformes. El mundo también es deforme. La noche nunca se fue. Aquí y allá percibo el olor ácido del engaño. ¿De qué materia estoy hecha? Mi cuaderno sufre la virulencia del pensamiento. Debería escribir sobre este vacío invasor, sobre la sangre que no fluye ya por mis venas, sobre el estrecho límite que separa el dolor simbólico y el físico. Nunca conocí el silencio, pero un muro de susurros oculta las líneas paralelas. ¿He llegado tarde o, tal vez, llegué demasiado pronto? El miedo y la inseguridad me arden.
                                                                      Cartago también se parece a mi tristeza. 


Fuente: Espacio Luke, nº 48, 2004.

sábado, 3 de septiembre de 2011

2004: víctimas o verdugos




Roberto González Fernández,  Workman, 2004. Fotografías digitales.


El mundo se derrumba, los trabajadores encargados de su reconstrucción no dan abasto, cada vez son menos. Al contacto de sus manos blancas, los muros, erigidos con sudor y esfuerzo, se resquebrajan. No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites. Límites que sobrepasan sin dificultad las balas y el silencio…, nuestro silencio.

El mundo se derrumba, los verdugos encargados del sacrificio proliferan. Al contacto de sus labios cerrados, las víctimas, ungidas con aceite, se desangran. No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites. Límites que difícilmente pueden contener el miedo y las lágrimas…, nuestras lágrimas.

El mundo se derrumba, las palabras encargadas de narrar esta tragedia están huidas. Al contacto de sus trazos rojos, el papel se deshace. No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites…, nuestros límites.

Fuente: Obra digital=Gráfica digital, Calton Hill, 2004