Anagaviera en ocasiones escribe

martes, 4 de octubre de 2011

2005: enCONTRA2: un museo imaginario

"Berlin en Basilea" 2003, Óleo sobre lienzo, 75 x 81 cm.

El auténtico enigma que el arte nos presenta
 es justamente la simultaneidad de presente y pasado.
Hans-Georg Gadamer
  
Con la elección de esta cita de Hans-George Gadamer he querido subrayar el punto de convergencia que existe entre la obra de Carlos Díez Bustos y el Museo imaginario de André Malraux. Ese museo, en el que todas las épocas y logros del arte podrían presentarse simultáneamente a la conciencia. Ese lugar habitado por las musas, que intentaría aportar a todas las obras elegidas sino la eternidad que le pedían los escultores de Sumer o Babilonia, la inmortalidad que le pedían Fidias y Miguel Ángel, al menos una enigmática liberación del tiempo.
            Las distintas piezas que constituyen enCONTRA2 responden en gran medida al deseo de liberar temporal y espacialmente los elementos escultóricos y arquitectónicos que las protagonizan. Y responden también, al afán de trazar con éxito un puente seguro entre la tradición artística y el arte moderno.
            enCONTRA2 es, por tanto, una suerte de Museo imaginario, un lugar de reflexión en torno al significado del arte y su naturaleza, ya sea ésta estética, funcional o simbólica. Un estudio riguroso de la metamorfosis que sufren las obras de arte cuando se las desubica geográfica y temporalmente.
            En esta nueva colección Carlos Díez Bustos vuelve a utilizar el espacio arquitectónico como escenario propicio para sus representaciones. La mayoría de las telas ofrecen edificios de piel vítrea, de una incuestionable modernidad, en cuyo espacio circundante el autor ha integrado esculturas y jarrones de marcada factura clásica.  
            Convencido de que no hay lugares concretos para las ideas, Carlos ha creado a partir de espacios reales, otros imaginarios en los que hace confluir el pasado y el presente, el lenguaje escultórico y el arquitectónico. Pero este acercamiento, que en un principio se intuía amable, va a resultar lacerante y perturbador, porque el culto a la funcionalidad ha transformado tan profundamente el diálogo entre ambas disciplinas artísticas, que el espectador actual no será capaz de escapar al dolor que provocan el silencio y el desgarro.
            En el Museo imaginario, el encuentro se torna desencuentro y los contrastes se revelan infinitos. Frente al volumen plástico, grandioso y agitado de las esculturas, las desmaterializadas, frágiles y abstractas arquitecturas se convierten en un horizonte insondable y amenazante. Frente a la transgresión de lo sólido que implican las mallas cristalinas de los edificios, la carnalidad de las esculturas, arrancadas del jardín originario, se convierten en reproche y eterno rencor.
            En el Museo imaginario, el espacio del hombre se intuye en la hipertrofia de los límites y se agota en las voces oscuras de la memoria.
            En el Museo imaginario, la certidumbre es duda y la verdad, la única verdad, es la creación.


"Versalles en Copenague" 2003, Óleo sobre lienzo, 114 x 145 cm.

"Versalles en Berlin II" 2004, Óleo sobre lienzo, 116 x 89 cm.
           

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